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Zoco Chico

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Toda el alma de Tánger está aquí, en este cuadrilátero sonoro y colorido, en estos círculos de ociosos que se hacen y deshacen a lo largo de las horas, en multitudes abigarradas que indefinidamente se suceden como una marea incesante.

Toda el alma de Tánger está aquí, en este cuadrilátero sonoro y colorido, en estos círculos de ociosos que se hacen y deshacen a lo largo de las horas, en multitudes abigarradas que indefinidamente se suceden como una marea incesante.

Mientras tanto, allá arriba, desde su torre airosa, el reloj de la iglesia va ritmando para ustedes el curso de las horas que pasan. La noche es larga y rica en promesas… Hasta que de otra torre, símbolo de otra fe, el almuecín matutino lance en un cielo ya emblanquecido por el alba la llamada a la serenidad y al recogimiento.

Todo lo que la idea de Tánger supone de fábulas o de plausibles virtudes se cifra para muchos en esta plazuela célebre aunque a primera vista insignificante.

Los pasos nos traen hasta aquí con un movimiento casi inconsciente. Tiene el Zoco Chico sus fieles para quien la peregrinación a este verdadero término sentimental es como un rito de todos los días. ¿Por qué el Zoco Chico perdura en nuestros recuerdos? ¿Por qué en nuestros viajes, es a estos lugares inexplicablemente privilegiados, que vuelven fielmente nuestros más nostálgicos pensamientos? ¿Cuál es el secreto embrujo de este rincón discutido de la ciudad, que parece dejar en nosotros duraderas resonancias que la costumbre sola no basta para justificar?

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