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Antonio Vazquez Molina

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Nací en Tánger la noche del 3 de junio de 1929, mes y medio antes de lo previsto, interrumpiendo una cena de invitados, con motivo del cumpleaños de madame Brusson, en su villa del Zoco de los Bueyes, hoy transformada en Convento de los Adoratrices. Nací pues, de manera premonitoria, fastidiando a los demás.

Con mi abuela en la cocina, ayudando al servicio, y mi madre entre los invitados. O sea, desde el primer día: descolocado socialmente.

Tuve, eso sí, la suerte de que asistiera a la cena madame Fauresse, la comadrona del “tout Tánger” quien, ante el en- loquecido rechazo de mi madre negándose a parirme, la em- borrachó con champagne, y de todo el resto se ocupó ella.

Según madame Faurasse, nació un ‘sapito’, al que coloca- ron en una palangana recubierta de algodón, convencidos de que no sobreviviría, y mal que bien, sobreviví, gracias al pecho de una negra de Larache a la que por su fortaleza la llamaban La Sargento. Nací pues como el “hijo de la negra”, maldición judeo-sefardí…

“Sí, la casa de madame Brusson me obsesiona. Aquella casa la recuerdo muy confusamente, de niño, con ruidos de cigarras. El dibujo de aquella casa es la copia exacta de una foto de color sepia de principios del pasado siglo XX. Una foto que

 

me atrae y rechazo por igual. Pensándolo bien, es normal que así suceda.

La casa de madame Brusson, de Émile Brusson, es la primera casa, el primer lugar, que mi abuela, Antonia Gil y Gil, y mi madre, Mariquita Molina y Gil, de un año recién cumplido, pisaron en Tánger, donde llegaron con madame Brus- son, vía Málaga-Gibraltar, “a servir”, o sea, como criada, por ser mi abuela buena cocinera

                                                                                      

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